Toy Story 5 demuestra que Pixar todavía sabe cómo cuidar una de las franquicias más importantes de la historia del cine animado, pero también deja una pregunta inevitable: ¿realmente era necesaria? Cuando vi el primer tráiler de Toy Story 5, lo que más me llamó la atención fue la aparente crítica a la tecnología y a la relación que los niños tienen actualmente con las pantallas. Parecía que Pixar iba a utilizar a los juguetes, una vez más, para reflexionar sobre los cambios generacionales y sobre cómo los videojuegos, tablets y teléfonos inteligentes han reemplazado gran parte de la imaginación tradicional que representaba Andy en las primeras películas. Era una premisa muy interesante, especialmente porque la saga siempre ha funcionado mejor cuando utiliza conflictos aparentemente simples para hablar de temas mucho más profundos. Sin embargo, una vez vista la película, debo admitir que esa crítica termina siendo mucho más sutil de lo que la campaña de marketing sugería. Y eso resume bastante bien mis sensaciones generales con esta quinta entrega.

Sinopsis

La trama cobra un giro emocional cuando su dueña, Bonnie, comienza a perder interés en sus juguetes tradicionales para dedicar todo su tiempo a una nueva tablet interactiva. Mientras los juguetes intentan lidiar con el impacto del mundo digital en la infancia moderna, una nueva y emocionante aventura toma lugar. Una línea completamente nueva de juguetes hiper-avanzados aparece en escena, obligando a Woody y a Buzz a redescubrir y defender el verdadero significado de lo que representa ser un juguete.

No estamos ante una mala película. Ni siquiera cerca. De hecho, creo que Toy Story 5 supera claramente a Toy Story 4, una secuela que en su momento me gustó más de lo que muchos estaban dispuestos a admitir. Pero al mismo tiempo tampoco alcanza la excelencia de la trilogía original, especialmente la perfección narrativa que para mí sigue representando Toy Story 3. Y sigo manteniendo exactamente la misma postura que he tenido durante años: Toy Story 3 era el final perfecto.

Aquella despedida entre Andy y los juguetes no solo cerraba la historia de forma impecable, sino que representaba uno de los finales más emotivos jamás realizados dentro del cine de animación. Era el cierre natural de una generación, de una amistad y de una etapa de la vida. Por eso cada nueva secuela carga inevitablemente con el peso de justificar su propia existencia. Afortunadamente, Toy Story 5 logra hacerlo mejor de lo esperado.

Lo primero que salta a la vista es la calidad técnica. Pixar vuelve a demostrar por qué sigue siendo uno de los referentes absolutos de la animación mundial. La evolución visual respecto a las primeras entregas resulta impresionante. Los materiales, las texturas, la iluminación y la simulación física alcanzan niveles de detalle prácticamente fotorealistas en algunos momentos. Hay secuencias donde el trabajo de renderizado es simplemente espectacular. Pero más allá del apartado visual, la película también conserva algo mucho más importante: el espíritu de la saga.

Siguen estando presentes los momentos emotivos, los chistes que funcionan para diferentes edades, las dinámicas entre personajes y esa sensación de aventura familiar que ha definido a Toy Story desde 1995. La banda sonora acompaña muy bien la narrativa y existen varias autorreferencias que los seguidores de toda la vida van a disfrutar enormemente. Sin embargo, debo admitir que los momentos emocionales no me golpearon tanto como esperaba.

Había leído comentarios que aseguraban que esta película era devastadora emocionalmente y que hacía llorar tanto como la tercera entrega. En mi caso eso nunca ocurrió. Hay escenas bonitas, momentos sinceros y secuencias que apelan directamente a la nostalgia, pero ninguna alcanzó el impacto emocional de la incineradora de Toy Story 3 o de la despedida final entre Andy y Woody. Quizás porque la saga ya alcanzó su cima emocional hace muchos años.

Uno de los aspectos que más me generó conflicto fue nuevamente el tratamiento del personaje infantil. Bonnie nunca ha logrado conectar conmigo de la misma manera que Andy. Andy representaba una etapa concreta del crecimiento, una evolución natural desde la infancia hasta la adultez. Bonnie, en cambio, muchas veces se siente más como una herramienta narrativa que como un personaje plenamente desarrollado. Y aquí Pixar vuelve a insistir en una temática que personalmente ya empieza a cansarme.

Nuevamente tenemos a una niña que lucha por encajar socialmente, que experimenta ansiedad, inseguridades y dificultades para relacionarse con otros niños. Entiendo perfectamente la importancia de abordar estos temas, especialmente en una generación donde la salud mental ocupa un espacio cada vez más relevante. Pero siento que Pixar ha estado explorando esta misma idea constantemente durante los últimos años.

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Lo vimos recientemente en Inside Out 2, donde literalmente la ansiedad se convertía en un personaje central de la historia. Aquí el enfoque es diferente, pero el fondo es prácticamente el mismo. Llega un punto donde la repetición de ciertas temáticas empieza a sentirse algo predecible. Por suerte, la verdadera protagonista de esta película no es Bonnie. La gran protagonista es Jessie. Y debo decir que funciona sorprendentemente bien.

Después de años ocupando posiciones secundarias dentro de la franquicia, finalmente recibe un arco narrativo importante y logra sostener gran parte de la historia sobre sus hombros. Su conflicto con Lily, la antagonista principal, tiene elementos interesantes y ofrece algunos de los mejores momentos dramáticos de la película. El problema es que la resolución de dicho conflicto resulta demasiado rápida.

La transformación emocional de Lily ocurre con una facilidad que resta credibilidad al relato. Da la sensación de que el guion necesita cerrar ciertos conflictos antes de tiempo para avanzar hacia el desenlace, sacrificando parte de la construcción emocional que había desarrollado previamente. Y ese no es el único caso.

Existen varias conveniencias narrativas que facilitan el avance de la historia de maneras algo forzadas. Evidentemente estamos hablando de una película familiar donde la lógica nunca ha sido la máxima prioridad, pero incluso dentro de las reglas establecidas por la propia saga, algunos acontecimientos se sienten excesivamente convenientes.

Otro elemento que me dejó confundido fue toda la subtrama relacionada con los Buzz Lightyear. Entiendo lo que intentaba hacer la película a nivel cómico, pero nunca terminé de comprender cuál era exactamente el propósito narrativo de todo aquello. Algunas escenas funcionan como humor, otras como comentario sobre la identidad del personaje, pero en conjunto la trama se siente extraña y desconectada del conflicto principal. Aun así, la película sigue funcionando gracias al enorme cariño que sentimos por estos personajes.

Aunque también es evidente que desde la cuarta entrega los protagonistas originales han ido perdiendo espacio progresivamente. Los juguetes clásicos de la primera trilogía prácticamente quedan relegados a un tercer plano. Woody y Buzz mantienen cierta importancia, pero incluso ellos se sienten más como figuras de apoyo que como los verdaderos motores de la historia. Esta vez el foco está claramente puesto sobre Jessie. Y eso no necesariamente es algo malo. Lo que sí genera es una sensación extraña para quienes crecimos acompañando a Woody, Buzz, Rex, Hamm, Slinky y compañía durante décadas.

Al salir del cine me encontré con sentimientos encontrados. Por un lado, sigo disfrutando enormemente de pasar tiempo con estos personajes. Forman parte de mi infancia, de mi adolescencia y, en muchos sentidos, de mi relación con el cine. Siempre será agradable volver a encontrarlos. Pero por otro lado también aparece un miedo inevitable. El miedo de ver cómo una franquicia extraordinaria comienza a agotarse poco a poco. Porque si bien Toy Story 5 mantiene el nivel, supera a la cuarta entrega y sigue siendo una película muy disfrutable, también deja la sensación de que Pixar se está acercando peligrosamente al límite de lo que puede contar con estos personajes. Sinceramente, no termino de ver de dónde podría surgir una sexta película.

Y si finalmente termina llegando, espero que Pixar tenga la valentía de convertirla en un cierre definitivo. Un final que recupere la grandeza emocional de Toy Story 3 o que al menos se acerque a ella. Porque estos personajes merecen despedirse en lo más alto. Y porque pocas sagas en la historia de la animación han significado tanto para tantas generaciones como Toy Story.