Acabo de ver Michael, el esperado biopic sobre Michael Jackson, y, si tuviera que definirlo en una frase, sería: una experiencia emocionalmente poderosa, pero narrativamente limitada. Había una expectativa enorme alrededor del proyecto, no solo por lo que representa Jackson en la historia de la música, también por el reto casi imposible de condensar una vida tan vasta, contradictoria y profundamente mediática en apenas dos horas. Y ese es, sin rodeos, el gran problema de la película.

Sinopsis

La película sigue la vida de Michael Jackson desde sus inicios hasta su consagración como el artista más influyente del planeta. A través de distintos hitos, intenta construir un retrato que abarque tanto su ascenso meteórico como los conflictos que lo acompañaron en el camino.

Desde lo técnico, hay méritos claros. La fotografía apuesta por una iluminación contrastada en los momentos más íntimos y una puesta en escena más espectacular en los segmentos musicales, buscando ese equilibrio entre lo humano y lo icónico. El diseño de producción y el vestuario están trabajados con atención al detalle, recreando con fidelidad distintas épocas de su carrera. Y el montaje, aunque irregular en ritmo, logra en ciertos pasajes generar asociaciones interesantes entre etapas de su vida, casi como si intentara construir un puente emocional entre el niño prodigio y el mito global.

Pero si hay algo que realmente sostiene la película es la interpretación de Jaafar Jackson. Lo suyo no es una imitación: es una encarnación. Hay momentos donde el lenguaje corporal, los silencios, la mirada perdida y hasta la respiración parecen calcados. Es inquietante en el mejor sentido posible. Hay planos cerrados —primerísimos primeros planos— donde la cámara se queda más de lo habitual, confiando completamente en su expresividad. Y funciona.

Ahora bien, todo eso no alcanza para tapar las grietas estructurales. El guion sufre de un problema evidente de compresión narrativa. La película adopta una lógica episódica, saltando de evento en evento sin permitir que muchos de ellos respiren. No hay suficiente desarrollo dramático entre puntos clave, lo que genera una sensación constante de prisa. El pacing es irregular: por momentos atropellado, por otros extrañamente vacío.

Y aquí es donde empieza a doler de verdad.

Porque no estamos hablando de cualquier figura. Estamos hablando del artista que definió generaciones, que cambió la industria, que para muchos —me incluyo— está en un pedestal compartido con The Beatles. Y ver que su historia se queda en la superficie, duele.

Las ausencias son demasiado evidentes. No aparece Janet Jackson, una figura clave, debido a su negativa a participar en el proyecto. Tampoco se aborda con claridad la postura de Paris Jackson, quien públicamente mostró desacuerdo con la película. Estos vacíos no son anecdóticos; afectan la percepción de autenticidad del relato. Y luego están los momentos que simplemente no están. La grabación del solo de Beat It junto a Eddie Van Halen, una de las colaboraciones más icónicas de la música moderna. La creación de We Are the World con Lionel Richie, un evento cultural de escala global. No son detalles: son pilares. Y su ausencia deja huecos difíciles de ignorar.

En el plano más íntimo, la película se queda aún más corta. Apenas roza los traumas con sus hermanos, la presión brutal de su infancia, la figura dominante de su padre. Tampoco se atreve a explorar con profundidad su relación con la sexualidad desde temprana edad, un tema complejo, incómodo, pero esencial para entender muchas de sus contradicciones. Aquí el guion opta por la prudencia… o el miedo.

Los personajes secundarios, por su parte, carecen de arco. Son funcionales, casi utilitarios. En términos de construcción dramática, no evolucionan, no generan conflicto real, no dejan huella. Y eso debilita el universo que rodea a Michael, reduciéndolo a una burbuja donde todo gira a su alrededor sin suficiente contraste.

Hay además una sensación constante de elipsis forzada. Transiciones abruptas, saltos temporales que no siempre están bien justificados, escenas que parecen cortadas antes de alcanzar su clímax. Todo apunta a una película que, en algún momento, fue más larga, más ambiciosa, pero terminó siendo recortada, probablemente por cuestiones legales o decisiones de estudio. Y es frustrante, porque el material daba para mucho más.

De hecho, lo más honesto que puedo decir —aunque duela— es que esta historia pedía una trilogía. Una estructura clara, pensada desde el inicio. Una primera parte, ABC, en alusión a The Jackson 5, centrada en su infancia, en la génesis del talento y en la presión familiar. Una segunda, Thriller, abordando el álbum más vendido de la historia, su consolidación absoluta, el Bad Tour y el Dangerous Tour, dejando entrever las primeras grietas mediáticas. Y una tercera, HIStory, sin filtros: la caída, las adicciones, sus relaciones, su paternidad, su muerte y el peso de su legado. Ahí sí habría espacio para un arco dramático completo. Para construir, desarrollar y cerrar. Para entenderlo. Porque ese es el problema de Michael: intenta abarcarlo todo, pero termina profundizando en poco.

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Y escribir esto no es fácil. Porque no estoy hablando de cualquier artista. Estoy hablando de alguien que marcó mi forma de ver el arte, la música, el espectáculo. Alguien que, para mí, está en la cima junto a The Beatles. Y ser objetivo con algo que te importa tanto tiene un costo. Como fan, la disfruté. Hay momentos donde la piel se eriza, donde la nostalgia golpea fuerte, donde uno conecta. Pero como cinéfilo, es imposible ignorar que la película se queda a medio camino. No por falta de talento, no por falta de intención, sino por falta de profundidad y estructura. Al final, Michael funciona como un homenaje efectivo, incluso emocionante por momentos. Pero no es el retrato definitivo. Es un acercamiento. Uno que respeta al ícono, pero que evita sumergirse por completo en el ser humano.

Y tratándose de Michael Jackson, eso se siente como una oportunidad perdida.