Acabo de ver The Devil Wears Prada 2 y, sinceramente, salí del cine preguntándome algo que rara vez me gusta pensar cuando se trata de una película tan importante dentro de la cultura popular: ¿realmente era necesaria esta secuela? Han pasado casi 20 años desde la primera entrega, una película que no solo se convirtió en un fenómeno instantáneo, sino en una obra que trascendió el cine para instalarse en el imaginario colectivo. Frases icónicas, escenas inmortales, referencias constantes en redes sociales, memes y, por supuesto, una interpretación legendaria de Meryl Streep como Miranda Priestly, uno de los personajes más emblemáticos del cine moderno. Por eso mismo duele admitir que esta segunda parte se siente como una oportunidad desperdiciada.

Sinopsis

Años después de abandonar Runway, Andy Sachs vuelve a cruzarse con Miranda Priestly en una industria completamente distinta a la de hace dos décadas, donde las redes sociales, el fast fashion y la cultura digital han cambiado las reglas del juego.

Y lo peor es que no estamos hablando de una película desastrosa técnicamente. El problema es mucho más profundo: esta secuela simplemente carece del alma, la elegancia y el propósito narrativo que hicieron grande a la original. Todo se siente artificial, como una producción hecha únicamente porque la nostalgia vende. No hay verdadera evolución dramática, no existe una profundización real de personajes y, lo más grave de todo, la película falla en el aspecto que debía sostener absolutamente todo: la moda.

La primera The Devil Wears Prada entendía perfectamente que la moda no era solo ropa cara o marcas de lujo. La moda era lenguaje visual, personalidad, jerarquía, poder. Cada vestuario comunicaba algo del personaje. Miranda imponía autoridad incluso antes de hablar. Andy evolucionaba emocionalmente a través de cómo vestía. Emily representaba la obsesión tóxica por pertenecer a ese mundo. Todo estaba pensado desde la dirección de arte, el diseño de vestuario y hasta la fotografía, que utilizaba tonos fríos y sofisticados para reforzar esa sensación de exclusividad y glamour.

Aquí no. En esta secuela la moda se reduce a montajes rápidos de eventos lujosos, pasarelas genéricas y prendas caras que, irónicamente, se sienten vacías de identidad. Hay una caída brutal en comparación al nivel de elegancia y sofisticación de la primera película. Incluso visualmente, la puesta en escena pierde personalidad. La fotografía termina sintiéndose genérica, plana, opacada por una paleta de colores sin sustancia ni intención narrativa. Todo luce demasiado limpio, demasiado digital, demasiado “streaming”. Nunca transmite ese magnetismo visual que sí tenía la original. Hay escenas donde parece una serie promedio de plataforma antes que una secuela cinematográfica de una película que marcó época.

Y eso termina afectando directamente la experiencia. Porque The Devil Wears Prada 2 tenía la oportunidad perfecta para decir algo importante sobre la industria actual. Era el momento ideal para abordar el declive de las revistas físicas de moda, el impacto de las redes sociales, el fast fashion, las tendencias desechables y cómo internet terminó destruyendo la percepción de identidad estética de toda una generación. La moda hoy vive uno de sus momentos más extraños: hiperconsumo, superficialidad inmediata, estética TikTok, ropa producida como comida rápida emocional. Y la película no hace absolutamente nada interesante con eso.

Todo queda reducido a comentarios superficiales y escenas de humor que rara vez funcionan. El guion se siente perezoso, como si tuviera miedo de incomodar o profundizar demasiado. Y eso afecta directamente a Miranda Priestly. Ver a Meryl Streep nuevamente en pantalla claramente genera nostalgia, y su presencia sigue teniendo una autoridad natural impresionante. Incluso con un material mediocre, ella logra rescatar escenas únicamente con silencios, miradas y pequeños gestos. Pero el problema es que el guion termina “nerfeando” completamente al personaje. La Miranda brutal, intimidante, elegante y emocionalmente compleja de hace 20 años desaparece casi por completo para convertirse en una versión desgastada y mucho más convencional.

Y sí, entiendo que los tiempos cambian, que los personajes envejecen, que la industria ya no es la misma. El problema no es que Miranda sea mayor. El problema es que la película no hace nada profundo con eso. La primera entrega dejaba entrever capas humanas muy interesantes detrás de su frialdad: su divorcio, la relación con sus hijas, el vacío emocional detrás de su perfección. Había humanidad escondida detrás del monstruo corporativo. Aquí, en cambio, desaprovechan todo eso por escenas de humor poco inspiradas y diálogos que jamás alcanzan el nivel de inteligencia de la original.

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Lo mismo ocurre con Andy. Su arco en la primera película era prácticamente perfecto. Entendía el precio del éxito, cuestionaba sus prioridades y terminaba encontrando una identidad propia lejos de Miranda. Pero aquí parece retroceder emocionalmente. Muchas de sus decisiones contradicen el cierre de la película original, como si el desarrollo del personaje hubiese sido reiniciado únicamente para justificar esta secuela.

Quien realmente termina sobresaliendo es Stanley Tucci. De lejos, el mejor personaje de toda la película. Cada vez que aparece, la cinta parece despertar por unos minutos. Tiene carisma, timing, presencia y una naturalidad que el resto del elenco no consigue mantener constantemente. Incluso dentro de un guion flojo, Tucci logra dar humanidad y elegancia al personaje, recordándonos por qué Nigel era una pieza fundamental del universo original.

En contraste, el personaje de Emily termina convertido en una caricatura de sí misma. Emily Blunt hace lo que puede, pero el guion exagera tanto sus manerismos y sarcasmo que muchas veces parece una parodia hecha para TikTok del personaje que alguna vez funcionó precisamente porque equilibraba ironía con vulnerabilidad. Y lamentablemente eso le pasa a varios personajes: dejan de sentirse humanos y pasan a sentirse “referencias” de sí mismos.

Ni siquiera la música logra rescatar demasiado la experiencia. Más allá de reciclar temas y sensaciones de la banda sonora original, la película nunca encuentra una identidad sonora propia. Y eso es grave considerando que incluso la participación de Lady Gaga termina sintiéndose desaprovechada. Hay talento involucrado, sí, pero no hay pasión detrás de cómo está construido el conjunto.

Y creo que eso es lo que más pesa al final. La sensación constante de estar viendo una secuela hecha por obligación y no por necesidad artística. La primera película tenía estilo, inteligencia, personalidad y una crítica bastante más ácida de lo que muchos recuerdan. Esta segunda parte, en cambio, se siente descafeinada, innecesaria, sin glamour y, peor aún tratándose de una película sobre moda, sin identidad visual real.

En síntesis, The Devil Wears Prada 2 es totalmente olvidable. Es el tipo de película que aceptarías ver un domingo por la tarde en streaming mientras haces otra cosa con el celular al lado. Y eso, considerando el legado de su antecesora, termina siendo casi una tragedia cinematográfica.