
Sinopsis

Lo primero que hay que decir es que el director importa, y aquí se nota desde el primer minuto. Veníamos de tres películas dirigidas por Jon Watts, un realizador correcto pero sin voz propia, incapaz de imprimirle carácter a un personaje que ha llenado salas de cine en los momentos más difíciles de la taquilla. Con Brand New Day todo cambia de golpe: la narrativa, la fotografía, el ritmo, las peleas, la forma de filmar Nueva York. Se nota que hay alguien detrás de la cámara con una visión concreta de lo que quiere contar, y eso, en una franquicia que llevaba años funcionando en piloto automático, ya es una noticia enorme.
Esta película está más cerca de la intocable Spider-Man 2 (2004), de Sam Raimi, que de cualquier cosa que haya salido en la última década del personaje. Le faltan un par de detalles para alcanzarla del todo, pero se queda muy cerca.
Uno de esos detalles es el villano, aunque acá el problema es menor de lo que esperaba. Sadie Sink, un misterio de casting bien guardado hasta el estreno, entrega una actuación con capas, y su personaje conecta con Peter de una manera que sí aporta a la historia y no se siente pegado con cinta adhesiva. Hay tanta química entre ambos que no me molestaría nada verlos compartir pantalla en una futura entrega, incluso como pareja: sería un giro raro para el personaje, pero interesante.

Otro riesgo que esta película sorteó bien fue la saturación de personajes, el mismo problema que hundió a The Amazing Spider-Man 2 (2014), de Marc Webb, y a Spider-Man 3 (2007), del propio Raimi. Aquí entran Hulk y Punisher, en lo que es puro fan service, y aun así cada uno cumple su función sin robarle tiempo a la historia principal. Jon Bernthal, como siempre, se roba cada escena que le dan como Punisher, y su dupla con Holland tiene momentos tanto cómicos como conmovedores de verdad. Ver a Hulk otra vez como el personaje que conocimos en Avengers: Age of Ultron (2015) o en Avengers: Infinity War (2018), aunque sea por unos minutos, se siente como reencontrarse con un viejo amigo del que Marvel se olvidó hace rato.
Pero el centro de todo esto, insisto, es Peter Parker. Nadie más.
El Spider-Man que vemos acá viene directo del final de Spider-Man: No Way Home (2021), la película que lo dejó solo, sin amigos, sin identidad pública, empezando de cero. Ese es el verdadero corazón de Brand New Day: la soledad de tener que ser más el traje que la persona debajo del traje. Es un desgaste que se acumula despacio, casi sin que el personaje lo note, hasta que le pasa factura tanto en la cabeza como en el cuerpo. Cuando MJ y Ned regresan a su vida, ahí empieza el verdadero conflicto de la película.

Peter empieza a desarrollar una versión de sus poderes que no puede controlar del todo, algo parecido a un lado oscuro que asoma en un par de escenas, incluida una donde por poco lastima a una policía. Intenta contener eso, frenarlo, volver a ser el de antes. Y ahí está el error del personaje, porque esa negación es justo lo que la villana necesita para mover sus fichas. No es casual, de paso, que el propio título de la película haga eco de la etapa de cómics «Brand New Day», publicada entre 2007 y 2010 tras la controvertida «One More Day»: esa historia también trataba de un Peter obligado a reconstruirse desde los escombros de su propia vida.
Hay algo interesante en cómo este conflicto dialoga con otros personajes del UCM: Bruce Banner, Frank Castle, Jean Grey. Todos cargan con una dualidad parecida, dos versiones de sí mismos peleando por el control, y de cada uno Peter parece sacar una lección distinta antes de aceptarse por completo.
En el terreno de la acción, la influencia de Marvel’s Spider-Man, de Insomniac Games, es total. Se nota en el balanceo, en las telarañas, en el manejo de gadgets, pero sobre todo en secuencias enteras que parecen sacadas del propio juego: peleas sobre techos, persecuciones que no dan tregua y una ciudad que se siente viva de una manera que ninguna otra película del personaje había logrado hasta ahora.

Y es que esta película se siente comiquera de un modo que ninguna otra entrega del arácnido había logrado antes en la pantalla grande. Hay algo en el diseño de las peleas, en los ángulos de cámara durante el balanceo, en la manera casi de viñeta en que se dibuja la ciudad, que me devolvió de golpe a la Spider-Man: The Animated Series de los noventa, esa que crecí viendo un sábado tras otro. También hay ecos claros de las páginas de The Amazing Spider-Man clásico, sobre todo en la manera en que Peter carga con su vida doble sin que ninguna de las dos partes gane del todo. Y por momentos, en el tono más crudo con el que se trata la violencia y las consecuencias reales de ser un héroe joven, se asoma algo del espíritu de Ultimate Spider-Man, ese cómic que se atrevió a mostrar a un Peter más humano, más golpeado y más real que el de las historias clásicas.
La música tampoco se queda atrás. Michael Giacchino firma una banda sonora que eleva tanto los momentos íntimos como las escenas de acción, muy por encima de lo que había hecho en entregas pasadas. Lo único que sobra, y sobra bastante, es la breve inclusión de una canción de reguetón de Bad Bunny en medio de una escena que no la necesitaba para nada. Dura apenas unos segundos, por suerte, pero es de esos detalles que uno se pregunta quién aprobó, porque rompe por completo el tono del resto del apartado sonoro.
La fotografía acompaña con un uso del color mucho más cuidado que en entregas pasadas, y los efectos CGI se sostienen bien frente a lo que ha entregado Marvel Studios en el último tiempo, que no es decir mucho, pero aquí sí se agradece.

Los personajes secundarios que antes robaban cámara ahora encuentran su lugar exacto. MJ y Ned por fin entregan actuaciones a la altura de la historia que rodean. El cameo de Florence Pugh como la nueva Black Widow, en cambio, se siente forzado, como si estuviera ahí solo para recordarnos que seguimos dentro del UCM y no por necesidad narrativa real. Pasa algo parecido, en menor medida, con otros personajes de paso. Aun así, esta entrega logra sentirse más contenida que sus antecesoras en ese equilibrio entre contar su propia historia y sostener el andamiaje del universo compartido.
La química entre Zendaya y Tom Holland, que ya sabemos que son pareja fuera de la ficción, se siente genuina en cada escena entre MJ y Peter, y eso ayuda a que el cierre de esa relación duela de verdad. Me gustó, además, que la resolvieran de manera sana, sin dramas artificiales, dejando la puerta abierta para que el arácnido explore otros vínculos: Mary Jane Watson, Gwen Stacy, Black Cat, incluso Jean Grey, con quien hay una química palpable en los pocos segundos que comparten pantalla.
Los villanos menores, Scorpion, Tombstone y el resto de cameos que aparecen al principio a modo de guiño, remiten otra vez al universo de Insomniac, como si esta película asumiera que ya pasaron cuatro años de un Spider-Man que ha enfrentado a decenas de enemigos fuera de cámara. No hay acá un villano al nivel del Joker de Heath Ledger en The Dark Knight (2008), algo que uno esperaría de una película de este calibre, pero, para ser sincero, no le hace falta. Se siente más como la antesala de algo más grande, y si Destin Daniel Cretton sigue por este camino, quiero ver mucho más de este Spider-Man en el futuro cercano.

Veníamos de un tramo bastante flojo para el cine de superhéroes, tanto en taquilla como en crítica, y una vez más tuvo que ser Spider-Man quien viniera a recordarnos cómo se hacen bien las cosas.
Esta es, sin duda, la película más madura que Tom Holland ha hecho con el personaje, capaz de generar emociones genuinas al punto de casi hacerme llorar en un par de escenas. El tema de la soledad funciona además como espejo de algo más amplio: vivimos en un mundo que se dice hiperconectado, pero que deja a muchísima gente sintiéndose igual que Peter Parker, sobre todo a quienes cargan con algo que los hace distintos al resto.
Y hay un último detalle que no puedo dejar pasar, porque es de lo mejor que le he visto hacer a una película de superhéroes en años: los créditos finales. En vez del típico desfile de logos con música genérica que nos regalaba Watts al cerrar cada entrega, aquí nos encontramos con una sucesión de tomas fotográficas de Nueva York, en un tono que remite directo a Manhattan (1979), de Woody Allen: esa manera de fotografiar la ciudad casi en blanco y negro emocional, como si Nueva York fuera un personaje que respira aparte de la trama. Funciona como un cierre contemplativo, un respiro después de dos horas de acción, y deja una sensación de nostalgia que ningún crédito de Marvel Studios había logrado antes. Es un gesto pequeño en apariencia, pero marca, de un plumazo, la distancia entre lo que era esta saga bajo Watts y lo que puede llegar a ser bajo una mano con criterio de verdad.

Brand New Day no es la mejor película de Spider-Man que existe. Pero estuvo cerca, muy cerca. Está, sin lugar a dudas, entre las mejores de todo el personaje, y aunque no busque revolucionar el género de superhéroes, logra algo igual de valioso: le entrega a Tom Holland la actuación de toda su carrera. Un actor que durante años quedó atrapado en decisiones de estudio que no le hacían justicia, y que aquí, por fin, construye un Peter Parker sólido, adulto y en paz con quién es.
Las comparaciones seguirán existiendo siempre, pero ahora sí hay argumentos de peso para poner a Holland junto a Tobey Maguire y Andrew Garfield en la memoria colectiva del personaje.
En definitiva, quiero ver mucho más de este Spider-Man, y quedo fascinado, feliz y agradecido de poder decir, una vez más, que Spider-Man no es «cosa de niños», como todavía repiten algunos ignorantes que nunca se tomaron la molestia de entenderlo. Es un personaje complejo, maduro y lleno de matices que reflejan mucho más de la humanidad de la que nosotros mismos solemos ver día a día en esta realidad tan compleja.
Porque de eso se trata, al final, todo este ejercicio: un tipo con traje rojo y azul que se cae, se levanta y sigue balanceándose entre edificios aunque nadie le aplauda por hacerlo. Un cómic hecho película, un joven hecho hombre, una ciudad hecha personaje. Spider-Man: Brand New Day entiende eso mejor que nadie en años, y por eso, cuando se apagan las luces de la sala, uno no quiere que termine. Uno quiere quedarse un rato más, balanceándose junto a él, entre los tejados de esa Nueva York que por fin volvió a sentirse propia.









